Estadísticas

Buscar este blog

Cargando...

lunes, 22 de junio de 2009

La cultura gay se abre camino en Túnez a pesar de los tabúes

Cada vez más turistas homosexuales viajan a Túnez, un país tradicionalmente tolerante dentro del mundo árabe, en el que aún persisten, sin embargo, los tabúes de la religión musulmana ante las diferentes tendencias sexuales. El Islam, como el judaísmo y el cristianismo, prohíbe la homosexualidad, aunque poco a poco se ven signos de cambio en algunas capas de la sociedad tunecina y los turistas árabes viajan a Túnez en busca de un supuesto paraíso gay.

Las imágenes de la cultura global difundidas por los programas de televisión vía satélite y la generalización del uso de internet han estimulado la formación de una tímida cultura gay en las principales ciudades del país magrebí. En la actualidad la cuestión homosexual está siendo analizada por una nueva generación de investigadores que se basan en el trabajo de campo en la calle.

Javier Socías Baeza, historiador barcelonés y profesor en la universidad de Kairouan (160 kilómetros al sur de la capital) investiga las relaciones entre el islám, la homosexualidad y el cine en el Magreb. Baeza considera que, aunque la homosexualidad es una prohibición religiosa y un tabú político y social, "lo cierto es que cada vez es más visible en las calles de la capital tunecina".
"Se manifiesta en jóvenes cuya identidad gay es ridiculizada por el resto de la sociedad, al tiempo que aparecen mezclados con el fenómeno de la prostitución y el turismo sexual", indica.

El historiador barcelonés considera que el cine tunecino no ha contribuido al reconocimiento social del gay porque "ha mantenido el discurso de carácter anómalo de la homosexualidad propio de sociedades heterocéntricas y patriarcales". Además, explica que en el mundo de la cultura los artistas homosexuales son tolerados, aunque advierte que se trata de una tolerancia "engañosa" porque está relacionada con el estatus social y económico.

"Las dificultades aparecen cuando el homosexual es de bajo nivel económico", afirma. Sin embargo, para algunos como Kamel B.S, un joven musulmán tunecino de 21 años, es un orgullo poder manifestar su condición gay y expresarse sin miedo en nombre de sus amigos Mehdí, Mahmud y Hafed. Estos jóvenes urbanos tunecinos de clase media hablan varios idiomas, viajan al extranjero y están muy informados a través de Internet.

Igual que otros homosexuales de países europeos, los tunecinos confiesan "una debilidad" por la ropa de lujosas marcas y prestan mucha atención al cuidado estético personal. Con más poder adquisitivo que los jóvenes de zonas rurales, se reúnen en los cafés del centro de la capital donde establecen relaciones con extranjeros o con otros nacionales. Kamel asegura que se sienten "especiales" porque despiertan "el deseo de los tunecinos casados o solteros" y contentos por vivir "en un país tolerante que escapa a la homofobia de otros países musulmanes". Aun así, reconoce que Túnez "no es un paraíso gay" y explica que sufren problemas de incomunicación con sus familias y no pueden hablar con sus padres de la homosexualidad de un hijo varón, que es causa de deshonra para la familia.

Otro de los problemas que enfrentan es la dificultad de pasar de las relaciones sexuales esporádicas y semi-clandestinas a relaciones estables de pareja y abiertas socialmente. "Las relaciones duraderas y la convivencia bajo un mismo techo son muy difíciles, casi imposibles en un país pequeño en el que todo el mundo acaba por conocerse", señala. "La soledad y la tensión social acaba con la mayoría de las relaciones de dos enamorados", lamenta Kamel y explica que muchos acaban optando por el matrimonio con mujeres como medio de escapar a la presión social derivada de su condición.

Kamel denuncia "la hipocresía de esos matrimonios porque son forzados y, aunque la virilidad del sujeto ya no se ponga en duda, seguirá manteniendo relaciones clandestinas con otros hombres, en jardines públicos o en los cafés, viviendo una doble vida que acabará en neurosis".

Texto y foto: Miguel Albarracín (EFE)