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lunes, 4 de julio de 2011

Vidas minadas

Cuando tenía 14 años, Lay Sokhum pisó una mina terrestre mientras trabajaba en el sembrado de su padre cerca de Pailin, un modesto pueblo de la Camboya occidental. “Después de la explosión vi humo”, explica. “Estaba en el suelo y no sabía lo que había ocurrido. Sólo cuando intenté moverme me di cuenta de que sangraba mucho”, asegura. Su dramática historia, contada en un diario local, se repite con demasiada frecuencia desde hace dos décadas en un país desgarrado donde todavía hay entre cuatro y seis millones de estos artefactos sin desactivar.

A Lay, la cirugía le salvó milagrosamente la vida, pero no evitó la amputación de sus dos piernas. Tras la operación, el joven quedó tan conmocionado y deprimido que abandonó la escuela e intentó suicidarse; tras meses de rehabilitación y después de que le colocaran una prótesis, ahora puede caminar de un sitio a otro sin ayuda, e incluso ha vuelto al colegio en una bicicleta que le regalaron miembros de UNICEF.

Precisamente, Naciones Unidas fue de los pocos organismos de ayuda humanitaria que lograron entrar en Camboya en la década de los 80, cuando el país aún estaba cerrado a Occidente. La política del gobierno estaba bajo el control de los vietnamitas, lo que a su vez provocó el embargo norteamericano. Por si fuera poco, Vietnam invadió en 1984 todos los campos rebeldes que había en el estado y obligó a los jemeres rojos y a sus aliados a refugiarse en Tailandia; éstos se convirtieron en una guerrilla que realizaba incursiones con el objetivo de ‘minar’ la moral de sus adversarios.

Los jemeres, acosados, optaron por bombardear las comandancias controladas por el Gobierno, colocando millones de minas terrestres en zonas rurales, que obligaron a miles de hombres, mujeres y niños a refugiarse en el interior de Laos. Los vietnamitas, por su parte, intentaron proteger sus bastiones detonando puentes, cercando los pasos fronterizos y creando el mayor campo de minas del mundo, conocido como K-5, que todavía hoy provoca al mes una media de 20 mutilaciones.

Buena parte de ellas se producen en la zona comprendida entre Battambang, Anlong Veng y Pailin, considerada como la más minada del planeta, donde hay más de 25.000 personas afectadas por esta lacra infernal. Contra ella luchan desde hace 15 años organizaciones como el Cambodian Mine Action Centre y el Mines Advisory Group, quienes han eliminado en la última década más de 800.000 minas terrestres y 1,77 millones de municiones sin estallar.

La labor de las ONG y los organismos internacionales, en cualquier caso, sigue siendo insuficiente, porque se limita a la detección y desactivación de artefactos, pero rara vez atiende a los damnificados. Éstos, muchos de ellos niños, quedan abandonados a su suerte una vez salen del hospital, ya que sus familias no pueden permitirse el lujo de velar por un discapacitado sin horizonte ni futuro.

Para evitar eso llegó a Camboya en 1985 el jesuita español Enrique Figaredo, quien suma ya casi tres décadas trabajando por uno de los colectivos más olvidados y marginados, los refugiados víctimas de las minas. En torno a ellos impulsó varios proyectos de atención a personas discapacitadas que son hoy un referente a nivel mundial.

Tres años más tarde, en 1988, se instaló en Phnom Penh, con el objetivo de llegar con sus iniciativas a todos los camboyanos, lo que le llevó en 1990 a la fundación de Banteay Prieb, la primera escuela del país de formación de discapacitados y taller de fabricación de sillas de ruedas. Ya en el año 2000, monseñor Figaredo –al que todo el mundo conoce como el padre Kike- fue nombrado obispo de la Prefectura Apostólica de Battambang, desde donde sigue combatiendo con fervor contra la desesperanza y la rabia de cientos de vidas minadas.

domingo, 3 de julio de 2011

El reino de Angkor

Maravilloso, increíble, espectacular, sublime… Y así podría seguir apurando los adjetivos del diccionario, pero ninguno de ellos, ni todos a la vez, podrían describir la inigualable belleza del reino camboyano de Angkor. Considerados por muchos como la octava maravilla del planeta (yo me atrevería a decir incluso que deberían estar algún peldaño por encima), el recinto arqueológico que se abre majestuosamente a pocos kilómetros de la turística Siem Reap, aparece como la fusión perfecta de ambición creativa y devoción espiritual. No en vano, para los hindúes esta zona está considerada como una especie de paraíso en la tierra, la representación terrenal del monte Meru, el Olimpo que habita en el Himalaya y que fue copiado por los reyes jemeres con el objetivo de magnificar lo que hoy es el mayor edificio religioso del mundo.

Con las proporciones épicas de la Gran Muralla china, el detalle y la complejidad del Taj Mahal y el simbolismo y la simetría de las pirámides egipcias, los templos de Angkor son una fuente de inspiración y el orgullo nacional para un país que lucha por olvidar años de horror y traumas. Para ello, en torno a este reino descubierto hace apenas un siglo, se ha generado todo un negocio que es ya el santo y seña de la actual Camboya. Ello, sin embargo, no evita que la corrupción y el pillaje campen a sus anchas por un recinto que se extiende a través de medio centenar de kilómetros y que en su máximo apogeo llegó a contar con una población que rondaba el millón de habitantes. Los templos, sin embargo, permanecieron durante siglos abandonados en la jungla, y todavía ahora son varios los que tratan de sobrevivir a décadas de expoliación y deterioro.

Y es que, con la excepción de Angkor Wat, restaurado por la realeza jemer para su uso como santuario budista en el siglo XVI, los templos quedaron a merced de la naturaleza hasta 1920, cuando se empleó por primera vez en ellos la técnica de la anastilosis. Ésta era el método que los holandeses habían utilizado para restaurar el monumental Borobudur de Java. Explicado de forma sencilla, era una manera de reconstruir edificios usando los materiales originales y manteniendo su estructura primigenia. Así, sólo se permitía el uso de nuevos materiales cuando los originales no se podían encontrar, y en cualquier caso solamente se usaban con discreción.

En este sentido, la primera gran obra de recuperación se realizó en el templo de Banteay Srei, considerado por los historiadores como la joya de la corona de la artesanía angkoriana. Dedicado a Shiva, este edificio de corte hindú, está tallado en piedra de tono rosáceo y contiene algunas de las mejores tallas de roca que se pueden ver en el mundo.

Junto a él, Baphuon se convirtió en el principal desafío de los arqueólogos, que literalmente tuvieron que armar un gigantesco rompecabezas por dos veces, porque todos los registros de la primera fase de la restauración fueron destruidos por los jemeres rojos en la década de los 70. Veinticinco años después, la Unesco reanudó las obras de rehabilitación de un templo cuya estructura central tiene una altura de 43 metros, ya que representa en forma piramidal el honrado monte Meru.

Menos dificultades hubo a la hora de rescatar de la selva al templo de Bayón, quizá el edificio que mejor personifica el genio creativo y el ego hinchado del legendario rey de Camboya, Jayavarman VII. Único e inigualable, es un lugar de pasillos estrechos y precipitados tramos de escaleras, que ascienden hasta una primorosa colección de 54 torres de estilo gótico decoradas con 216 enormes rostros del dios Avalokiteshvara y que se parecen mucho al propio rey, quien con una irónica y enigmática sonrisa recuerda que es capaz de verlo y controlarlo todo.

Bayón, como Preah Palilay, Tep Pranam, Preah Pithu o Prasat Suor, se inscriben en la ciudad fortificada de Angkor Thom, que se extiende por más de 10 kilómetros cuadrados y fue el epicentro de las sangrientas disputas entre los chams y los jemeres hace ahora 13 siglos. El recinto, rodeado por una jayagiri (muralla) de 8 metros de alto y por un jayasindhu (foso) de 100 metros de ancho, es otra representación monumental del monte Meru rodeado por los océanos. Fue construido por el inefable Jayavarman VII, que vivió obsesionado por superar a sus antepasados en tamaño, escala y simetría constructiva.

Estas tres características son, precisamente, las que hacen que Angkor Wat pueda definirse como el padre de todos los templos, un edificio que se eleva hacia el cielo en una deslumbrante mezcla de espiritualidad y simetría (su construcción implicó a 300.000 trabajadores y 6.000 elefantes). Es, sin lugar a dudas, uno de los monumentos más inspirados y espectaculares concebidos por la mente humana, un imperecedero ejemplo de la devoción del hombre por sus deidades.


Desde sus dimensiones espaciales, paralelas a las longitudes de las cuatro épocas del pensamiento clásico hindú, hasta sus fascinantes ornamentos decorativos, Angkor Wat es una réplica del universo espacial en miniatura. Rodeado por un foso de 190 metros de ancho, los bloques de arenisca que lo componen fueron transportados en balsa por el río Siem Reap desde canteras situadas a más de 50 kilómetros de distancia.

Su belleza cautivó incluso a los jemeres rojos, incapaces de dañar sus más de 3.000 apsaras (todas únicas y con 37 peinados diferentes), las ninfas talladas en los muros de Angkor Wat, que representan el poder de la diosa femenina en un mundo pensado por y para los hombres. Éstos, antes y ahora, se siguen rindiendo con devoción mariana ante este apabullante imperio selvático, y peregrinan diariamente hasta allí guiados por una magia que perdurará para siempre.

lunes, 27 de junio de 2011

Los túneles de Cu Chi

La prepotencia norteamericana, de la que llevan décadas haciendo gala, provocó una de las mayores sinrazones del siglo pasado: la guerra de Vietnam. Como no es el momento ni el lugar para analizar los porqués de aquella barbarie, me limitaré a descubrir uno de los motivos por los que el ejército estadounidense tardó más de lo previsto en resolver una contienda que, según Nixon, debía quedar zanjada “en pocos días”.

Con afirmaciones así, el protagonista del ‘Watergate’ no sólo se granjeó la repulsa de unos cuantos hippies, sino que logró despertar lo que muchos catalogaron como la primera revolución pacifista de la historia. Porque Vietnam fue, y sigue siendo, un grano en el culo para Estados Unidos. Y es que, en zonas como Cu Chi, bastaron unos pocos miles de agricultores para poner en evidencia a unas tropas profesionales armadas hasta los dientes.

Como Saigón o Hanoi, Cu Chi se convirtió durante la guerra en el infierno del que tanto hablaba Rambo, el único capaz –en el cine, claro- de hacer frente a guerrilleros que, como si de fantasmas se tratase, aparecían y desaparecían dando la impresión de constituir una enorme y ficticia tropa. Sencillamente, los valerosos vietnamitas –apenas unos cientos- se limitaron a poner en práctica su conocimiento del terreno, construyendo rutas subterráneas que sirvieron de refugio a más de 10.000 habitantes y combatientes durante más de un decenio.

En Cu Chi, epicentro de los combates más cruentos, llegaron a existir en 1975 tres niveles de pasadizos subterráneos excavados en zigzag, situados a 6, 8 y 10 metros de profundidad, y con una longitud total de 220 kilómetros. Dentro de estos infinitos laberintos se organizó toda una ciudad en miniatura, donde coexistían desde fábricas de ropa y armas, hasta dormitorios, cocinas, cuartos de almacenaje, mercados, hospitales, comedores, salones, pozos y sistemas de ventilación.

Con simples palas de mano, los vietnamitas cavaban cerca de dos metros al día, y se deshacían de la tierra llevándosela en cestas que arrojaban en lugares muy distantes entre sí. Las entradas a estos túneles, rectángulos de apenas 40 por 30 centímetros de ancho, se camuflaban con vegetación, lo que hacía que pasaran tan desapercibidas que en algunos casos los norteamericanos llegaron a montar una base sobre ellos sin darse cuenta de que sus enemigos vivían debajo.

A finales de 1968, después de sufrir severas derrotas y un buen puñado de bajas, los marines descubrieron una entrada en Cu Chi, lo que sin embargo no evitó que tardaran tres años en derribar aquella fortaleza subterránea. Cansados de combatir contra sombras, y hartos del calor y los mosquitos, el ejército americano intentó destruir los túneles con explosivos y quemando gas de acetileno. Pero la dureza de la tierra y la capacidad de los vietnamitas para reparar durante la noche lo destruido, impedía que estos ataques tuvieran éxito. También se enviaron perros para localizar a los guerrilleros, pero las trampas colocadas en los túneles los mataban o mutilaban.

Como desesperada alternativa, el ejército norteamericano preparó a conciencia a un grupo de voluntarios, con el objetivo de expulsar al Vietcong de su guarida de Cu Chi. Al mando del lunático capitán Herbert Thorton, una treintena de ratas de túnel debían arrastrarse durante horas a través de las cavidades, en la más completa oscuridad, asumiendo que su vida podía acabar en cualquier momento. Sólo llevaban una linterna, una pistola y un cuchillo.

Pese a que lograron acceder al segundo nivel y provocar importantes destrozos en varios de los agujeros, más de la mitad de las ratas terminaron saliendo a la superficie llorando y pidiendo que se les relevase de la misión. Ante la contestación y división de la sociedad estadounidense, y sin lograr derrotar en Cu Chi a los agricultores vietnamitas, las tropas estadounidenses cesaron su intervención directa en la zona en 1973. El conflicto, no obstante, prosiguió hasta que en 1975, tras la toma de Saigón, se forzó la rendición incondicional de las tropas sudvietnamitas y la unificación del país, bajo el control del gobierno comunista de Vietnam del Norte, con el nombre de la República Socialista de Vietnam, el 2 de julio de 1976.

Para Estados Unidos, el conflicto resultó ser la confrontación más larga en la que se han visto envueltos jamás. De aquellos días quedará para siempre un sentimiento de derrota que los psicólogos denominan Síndrome de Vietnam, que tiene mucho que ver con aquellos fantasmas de Cu Chi a los que la tierra se tragaba con la misma facilidad con la que los situaba ante la mirada desquiciada de un marine norteamericano.

viernes, 24 de junio de 2011

Los Lakers de Phnom Penh

Ninguno de ellos llegará a ser Pau Gasol o Ricky Rubio, ni tampoco llevan anillos en sus manos. No ganan millones de dólares ni acaparan portadas de periódicos. De hecho, hace apenas tres meses la mayoría ni sabía lo que era una canasta, y aún hoy casi todos tienen problemas para botar el balón.

Pero ayer todo eso era lo de menos. Como si de profesionales se tratase, se levantaron a las 5 de la mañana, tomaron un poco de arroz hervido y algo de fruta y caminaron durante una hora para llegar al orfanato. Allí les esperaba un destartalado autobús que debía trasladarlos hasta el estadio olímpico de Phnom Penh, una instalación que todavía conserva algunas heridas de la tragedia acaecida durante la dictadura de Pol Pot.

En el pabellón principal del estadio, entre mosquitos y una sofocante humedad, mis Lakers jugaban el primer partido de su vida, un encuentro sin apenas público con un horario nada televisivo, las 7.30 de la mañana. A alguno los nervios le jugaron una mala pasada, y hubo varios que tendrán que esperar a una mejor ocasión para debutar en la cancha, porque sus familias no pueden permitirse el lujo de prescindir de manos que ayudan a mantener la casa.

Lo de menos fue el resultado, muy decoroso si tenemos en cuenta que el equipo rival nos aventajaba en meses de entrenamiento y conocimientos tácticos del juego. Incluso sus equipaciones eran más propias de otras ligas mayores, porque los míos emplearon la misma camiseta y pantalón con el que acuden a jugar al colegio dos veces por semana. Gentileza de la ONG francesa que custodia de estos jóvenes desarraigados, a los que el baloncesto saca por unas horas de esa batalla diaria por sobrevivir que dura bastante más de 40 minutos.

miércoles, 22 de junio de 2011

'La Disneylandia de Oriente’

¿Qué tienen en común Buda, Jesucristo, Mahoma, Pericles, Lenin o Víctor Hugo? A priori, y con mucha suerte, el mismo trozo de estantería en alguna biblioteca. Sin embargo, en el singular panteón Cao Dai, todos ellos son ‘santos’, y como tales son venerados desde hace casi un siglo por esta religión sincrética que sólo en Vietnam reúne a tres millones de fieles.

Fundada en 1926 por Ngo Van Chieu, un funcionario de la isla vietnamita de Pho Quoc, esta singular filosofía suma elementos del taoísmo, el confucianismo, el cristianismo y el islamismo. Su culto, cuyo nombre oficial es impronunciable (Dai Dao Tam Ky Pho Do), presenta un fuerte componente espiritista e incorpora la meditación y la supresión del ego a las prácticas religiosas habituales. No en vano, el término cao dai procede de la expresión taoísta ‘torre alta’, nombre con el que se refieren al ser supremo, representado como un gran ojo que todo lo ve.

En su formación tuvieron un papel decisivo las agotadoras y surrealistas sesiones de espiritismo llevadas a cabo por el ideólogo Ngo Van Chieu, quien durante su trance afirmaba tener visiones y revelaciones de los espíritus de personajes relevantes del arte, la cultura, la política y la religión de la época. Fue precisamente durante estas experiencias –algo psicotrópicas, diría yo- cuando comenzó a formular los preceptos del movimiento, que en la actualidad se divide en dos escuelas: la esotérica y la exotérica (no busquen en el diccionario la diferencia).

En la práctica, no obstante, los caodistas creen en un solo Dios masculino, aunque buena parte de ellos veneren también a la Madre Diosa, a la que consideran el “principio de todo”, el elemento creador. De igual modo, creen en la existencia del alma y en la posibilidad de comunicarse con los muertos, así como en la meditación, la revolución y hasta el vegetarianismo. Ello explica, por ejemplo, que los santos caodistas sean beatificados por su contribución a la cultura y el conocimiento, e incluyen a personajes tan dispares como Víctor Hugo, Juana de Arco, Descartes, Lenin, Shakespeare o Pasteur.

Sus eclécticas creencias, pese a todo, no se quedan ahí, sino que van mucho más allá. Así, creen en las cinco prohibiciones (no matar, no mentir, no robar, no vivir lujosamente y no ser concupiscente). El cumplimiento de ellas es el primer mandamiento de esta religión, que tiene en Tay Ninh a su templo madre. En él, uno puede llegar a sentirse como en una dimensión superior si se deja llevar por los cánticos, la pomposidad y el exotismo de un recinto que desde hace 70 años tiene vacante el sillón papal.

Por eso, todas las ceremonias (cuatro al día) son oficiadas indistintamente por cardenales, obispos y sacerdotes, ya sean hombres o mujeres. Éstas, en el templo, siempre visten de blanco (no importa su cargo), como símbolo de pureza. Mientras, la jerarquía masculina viste túnica, que puede ser roja, azul o amarilla según la hermandad y la corriente de influencia que siga el personaje en cuestión. Así, el amarillo define a los de la rama budista, el azul a los de la confucionista y el rojo a los cristianos.

Esta explosión de color, unida a su particular concepción, fue lo que motivó que Graham Green definiera el templo de Tay Ninh como la “Disneylandia de Oriente”. Yo, observador crítico, no vi a Mickey Mouse ni Pluto, tampoco al pato Donald. Pero sí asistí a una procesión de turistas y curiosos similar a la que atraviesa cada día las puertas de aquel mundo de ilusión que, al menos en eso, sí que se parece a esta singular forma de entender la vida.







martes, 21 de junio de 2011

Un hogar llamado Mekong


Con una longitud de casi 5.000 kilómetros y una cuenca de 810.000 kilómetros cuadrados -mayor que estados como Turquía, Chile o Zambia-, el río Mekong es el alma y el corazón del sudeste asiático. No en vano, después de dejar atrás la meseta tibetana en la que nace, serpentea vertiginosamente por China, Birmania, Tailandia, Laos, Camboya y Vietnam. En todos y cada uno de estos países, además, deja una impronta diferente, que incluso llega a marcar el carácter de todos aquellos que se acercan hasta él.

Porque el Mekong, para buena parte de la población a este lado del planeta, es algo más que litros y litros de agua color chocolate. Y es que en torno a él se instalaron hace siglos cientos de comunidades y pueblos, cuya supervivencia depende casi en exclusiva de lo que pueda llegar a ofrecer este coloso fluvial.

Para los vietnamitas, por ejemplo, el río se ha convertido en epicentro de una incesante actividad comercial, ya que diariamente sus aguas sirven de escenario a más de una decena de mercados flotantes, donde uno se siente como el capitán Nemo en Mercadona. Uno de los más bulliciosos es el de Cai Rang, ubicado a unos siete kilómetros al suroeste de la ciudad fronteriza de Can Tho. Sus puestecillos, pequeñas barcas con decenas de baches en sus cascos, tienen colgado de un mástil el producto principal a la venta, a modo de singular estandarte.

Destacan, por encima de todo, la fruta fresca, las verduras y hortalizas, el arroz cultivado en el Delta del Mekong y, por supuesto, pescados y mariscos fresquísimos que difícilmente pasarían los controles alimentarios pertinentes. Por vender, sin embargo, hay quien vende desde sillones a tabaco, y en alguno todavía se pueden encontrar se hasta serpientes, que algunos asiáticos compran no sólo para zamparse, sino también para evitar la rápida multiplicación de la población de ratas en algunas ciudades.

Pese a todo, esta kafkiana combinación de colores,
aromas y sonidos de los floating markets lo convierten a uno en espectador privilegiado y te hacen sentir protagonista de una experiencia única e imborrable. Para lograrlo, no obstante, hay que levantarse con el alba, porque es posible que más allá de las 9 de la mañana ya no haya ni barcos ni productos decentes que adquirir en estos bazares acuáticos.

En Camboya y Laos, en cambio, el Mekong no genera tantos ingresos a los cientos de miles de personas que se arriman a sus orillas. En ambos países, como en muchas otras zonas de China y Birmania, el río de los nueve dragones (como lo denominan los vietnamitas, por sus numerosos ramales) es el cobijo y refugio de familias que sacan lo que pueden de sus aguas para salvar sus míseras existencias. Para ellos, la humedad, la mugre y los insectos no son más que chinchosos vecinos a los que hay que dejar espacio, porque alguien los puso bajo el mismo techo que a estos desterrados cuyo futuro se ahoga con cada crecida.

domingo, 19 de junio de 2011

‘Check points’

Ubicada en pleno corazón del sudeste asiático, Camboya comparte un paso fronterizo con Laos, seis con Tailandia y ocho con Vietnam. A excepción del tailandés de Prasat Vihear, vedado a los extranjeros (porque las balas caen como rosquillas), en todos ellos pueden obtenerse visados de entrada sin demasiados problemas. De hecho, la mayoría de agencias de viajes y compañías de transporte que trabajan en la zona te facilitan todo lo necesario –previo generoso pago- para poder desplazarte con relativa comodidad por los cuatro países.

Sin embargo, hablar de fronteras en Asia es ir mucho más allá de un par de agentes de aduanas en el aeropuerto. Porque en esto, como en muchas otras cosas, esta parte del planeta funciona de una manera muy singular. En términos generales, no hay por qué alarmarse, porque la globalidad de la hablaba Mcluhan también se deja notar en esto del tránsito de personas. Pero sí es cierto que, con un poco de mala suerte, uno puede llegar a vivir episodios propios de una película de Buñuel.

Porque, por ejemplo, en los check points marítimos y terrestres hay quien trata de hacer su agosto a costa de los turistas. Así, además de inflar los precios establecidos de los visados (de entrada y salida), hay quien te exige dinero hasta por dejarte usar el bolígrafo. Y es que en Asia se paga por todo, y continuamente. Por eso, a la hora de hacer las maletas es bueno destinar parte del presupuesto a lo que comúnmente llamamos sobornos, esas pequeñas extorsiones ante las que los gobiernos de turno poco o nada pueden hacer.

En Camboya, pese a todo, estos ‘impuestos turísticos’ son bastante más asequibles que en Tailandia o Laos, donde no sólo hay que bregar contra los oficiales de aduanas, sino también contra organizadas redes de estafadores profesionales que monopolizan todos los servicios básicos (restaurantes, casas de cambio, tiendas de souvernirs, etc) en cien kilómetros a la redonda.

Para los viajeros avezados, los check points asiáticos pueden llegar a resultar de lo más entretenido. Básicamente, porque en nada se parecen a lo que uno está acostumbrado a ver por Europa, donde la libre circulación impide que haya restricciones de algún tipo. Todo lo contrario que aquí, donde una gorra mal puesta, una cara sin afeitar o unos pantalones demasiado cortos pueden jugarte una mala pasada. Porque si el funcionario de turno, casi siempre regordete y sin muchas ganas de trabajar, no duda en exigir unos dólares de más con la excusa de alguna nueva normativa inventada por él mismo o por una supuesta tasa recién aprobada que siempre es mejor abonar.

La experiencia, no obstante, no llega a ser en esta zona del mundo tan excitante como en Sudamérica o en Estados Unidos, donde a uno lo dejan en pelotas por menos de un pimiento. Y eso por no hablar de países como Israel o China, en los que cualquier turista es susceptible de convertirse en terrorista internacional a poco que el guardia de turno haya tenido una mala noche. En esos casos, mejor no ponerse chulito y encomendarse a todos los santos, y si es posible canturrear algo de flamenco, porque es lo único por lo que se conoce a los españoles en cualquier frontera del mundo.


Nota: La primera foto pertenece al paso fronterizo marítimo de Kaam Sammon, entre Phnom Penh y Chau Doc, mientras que la segunda corresponde al check point terrestre de Moc Bai, entre Saigon y Phnom Penh.