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lunes, 27 de mayo de 2013

‘Turismo de guerra’

Chong Moi tiene 82 años y una salud de hierro. Por su aspecto bien podría decirse que la vida lo ha tratado bien. Nada más lejos de la realidad. Aunque su eterna y contagiosa sonrisa dicta lo contrario, su cuerpo y su memoria aún conservan restos de la tragedia que padeció hace ahora 37 años. Junto a su hermano y dos de sus hijos, este campesino vietnamita nacido en Cu Chi, a unos 70 kilómetros al noroeste de Ho Chi Minh -la antigua Saigón-, es considerado un héroe entre sus paisanos, a muchos de los cuales dirigió durante la guerra contra Estados Unidos.

http://www.diariodeavisos.com/turismo-guerra/ 

lunes, 29 de abril de 2013

La ‘Disneylandia de Oriente’ donde nadie sabe qué es la crisis

¿Qué tienen en común Buda, Jesucristo, Mahoma, Pericles, Lenin o Víctor Hugo? A priori, y con suerte, el mismo trozo de estantería en alguna biblioteca. Sin embargo, en el singular panteón Cao Dai, todos ellos son ‘santos’, y como tales son venerados desde hace un siglo por el caodismo, una religión sincrética que sólo en Vietnam reúne a más de cuatro millones de fieles. Uno de ellos es Rasy Sok, un joven de 28 años que vive con su mujer y sus dos hijas en Ho Chi Minh, la antigua Saigón. Para él, la crisis, los recortes, la prima de riesgo o Bankia dejarían de tener sentido si la gente aplicara los conceptos que promulgó Ngo Van Chieu, un funcionario de la isla vietnamita de Pho Quoc. De tradición budista, Ngo sufrió en 1926 una revelación durante una sesión de espiritismo, de un espíritu que aseguraba ser el Emperador de Jade (Cao Dai en vietnamita, aunque la traducción literal es Ser Supremo, el ojo que todo lo ve). Su mensaje le incitó a formular una doctrina en la que todas las religiones y creencias tenían cabida.

http://www.diariodeavisos.com/disneylandia-oriente-donde-nadie-sabe-que-es-crisis/

jueves, 1 de noviembre de 2012

Vietnam encarcela a dos músicos por propaganda contra el Estado

Dos compositores vietnamitas han sido condenados a penas de hasta seis años de cárcel por interpretar canciones que son "propaganda contra el Estado", según dictó hoy un tribunal popular de justicia de Vietnam. Tran Vu Anh Binh, de 37 años, tendrá que cumplir la pena más severa, seis años de prisión, y su colega Vo Minh Tri, de 34, sólo cuatro años de cárcel, indicó el abogado de la defensa, Tran Vu Hai, a la salida del juicio celebrado en los juzgados de Ho Chi Minh (antigua Saigón). "Es escandaloso que el Gobierno de Vietnam haya sentenciado a dos personas a la cárcel por escribir e interpretar canciones", opina el subdirector para Asia de Human Rights Watch, Phil Robertson.

Vo Minh Tri, conocido como Viet Khang, de 34 años, y Tran Vu Anh Binh, conocido como Hoang Nhat Thong, de 37, llevan detenidos desde finales de 2011. Ambos están acusados de propaganda contra el Estado, con arreglo al artículo 88 del Código Penal de Vietnam, un delito punible con hasta 20 años de cárcel. Organizaciones defensoras de los derechos humanos mantienen desde hace años una presión constante sobre el régimen vietnamita para que libere a todos los presos políticos del país y conceda mayores libertades a la población. Las autoridades de Vietnam no reconocen la existencia de presos políticos en las cárceles del país.

"Se trata de una forma ridícula de tratar a la gente sólo por escribir canciones. Estos hombres son presos de conciencia, detenidos únicamente por ejercer pacíficamente su derecho a la libertad de expresión a través de sus canciones y sus actividades no violentas, y deben quedar en libertad", ha dicho Rupert Abbott, investigador sobre Vietnam de Amnistía Internacional. "Las autoridades vietnamitas deben cumplir con su obligación constitucional e internacional de respetar el derecho de sus ciudadanos a la libertad de expresión, también a través de la música y de otros medios", exige Abbott.

En sus temas, los compositores criticaban las reclamaciones territoriales de China en el disputado Mar de China Meridional –Mar Oriental para Vietnam– y la respuesta de las autoridades vietnamitas a ellas. También ponían de relieve varias cuestiones de justicia social y derecha humanos. "Hay una tendencia muy preocupante de represión de las personas que expresan pacíficamente opiniones que no son del gusto de las autoridades vietnamitas", ha dicho Abbott.

Fuente: EFE

lunes, 16 de julio de 2012

La ‘Disneylandia de Oriente’ donde nadie sabe qué es la crisis

¿Qué tienen en común Buda, Jesucristo, Mahoma, Pericles, Lenin o Víctor Hugo? A priori, y con suerte, el mismo trozo de estantería en alguna biblioteca. Sin embargo, en el singular panteón Cao Dai, todos ellos son ‘santos’, y como tales son venerados desde hace un siglo por el caodismo, una religión sincrética que sólo en Vietnam reúne a más de cuatro millones de fieles. Uno de ellos es Rasy Sok, un joven de 28 años que vive con su mujer y sus dos hijas en Ho Chi Minh, la antigua Saigón.

http://noticias.lainformacion.com/mundo/la-disneylandia-de-oriente-donde-nadie-sabe-que-es-la-crisis_t3dBZoTCHtcQNMbQO45RW4/ 

lunes, 9 de julio de 2012

Las cooperativas, una oportunidad de desarrollo para los países pobres

Cada 7 de julio se celebra el Día Internacional de las Cooperativas, proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Una fecha que conmemora la labor de las cooperativas como factor de desarrollo económico y social de un país. El sector cuenta con 800 millones de miembros distribuidos en más de 100 países, y genera alrededor de 100 millones de empleos, según cálculos de la ONG Codespa, quien destaca especialmente el ejemplo de Vietnam, uno de los países más pobres del mundo. "En Vietnam, las cooperativas desempeñan un papel fundamental para su desarrollo. Se trata uno de los países más poblados del planeta, y el 80% de la población trabaja en la agricultura (principalmente en el cultivo del arroz)". "Las cooperativas", explican, "representan el 16% del PIB nacional, y hay alrededor de 18.000 en todo el país".

jueves, 27 de octubre de 2011

Prometo volver

Nunca es un buen momento para escribir un final, pero acaba siendo algo inevitable. Durante días traté de sentarme delante del ordenador, con las maletas aún por deshacer, pero me fue imposible concentrarme. Luego, ya con la ropa en el armario y la mochila en el trastero, hice varios intentos más, pero todos fueron en vano. Ahora, por miedo a que la conciencia se rebelase, he decidido luchar contra mis sentimientos y poner el obligado epílogo a aquella historia que empezó hace ya más de 9 meses.

Surgió por casualidad, casi sin quererlo, en contra de los tópicos y las rutinas, en contra de una vida de la que no éramos partícipes. Poco a poco, la empresa se fue llenando de fechas y cifras, pero también de miedos, reproches y celos. No fue fácil explicarlo, especialmente a aquellos que nunca quisieron entenderlo. Pero nos bastó el apoyo de unos pocos locos, para convencer a una ingente cantidad de cuerdos. Finalmente, llegó el ansiado momento, un día en el calendario que vivimos con ilusión y nervios. Y allá en el aeropuerto, entre deseos y recuerdos, decidimos dejar de pensar, disfrutar y ser los protagonistas de nuestro evento. Y fueron pasando las horas, los días y los sueños, la mayoría se hizo realidad, y todos se convirtieron en recuerdos. Hasta ahora, hasta este mismo momento, en que llegó el tiempo de ponerle su merecido final a una experiencia digna de versos.

No será, sin embargo, un final al uso, ni habrá demasiados créditos. Será, más bien, un punto y seguido, un 'continuará' que se hará presente en una segunda parte, otro guión y otros cuentos. También habrá dedicatoria y agradecimientos, tantos como personas y lugares hemos visitado, en etapas agotadoras, decenas de jornadas de sol, lluvia y viento.

Y por miedo a olvidarme de algo o de alguien, será un final abierto, en el que caben muchas más cosas que las que portamos en aquel equipaje. Éste tendrá su merecido descanso hasta dentro de un tiempo, el necesario para preparar un nuevo y ambicioso proyecto. En él habrá otra vez aduanas, visados, aviones y gente, mucha gente en los aeropuertos. Porque sólo así podremos decir que pasamos por la vida sin dejar la vida pasar. Porque sólo así encontraremos nuestra verdadera patria, el lugar donde nacen los sueños, aquellos que un día nos llevaron tan lejos, aquellos que haremos realidad cuando menos lo esperemos.

Pd: Este post pone el punto y seguido a aquel cuaderno de viaje que se inició en el mes de marzo. Gracias a todos aquellos que lo siguieron con la misma ilusión que yo le ponía a todas aquellas páginas.







lunes, 4 de julio de 2011

Vidas minadas

Cuando tenía 14 años, Lay Sokhum pisó una mina terrestre mientras trabajaba en el sembrado de su padre cerca de Pailin, un modesto pueblo de la Camboya occidental. “Después de la explosión vi humo”, explica. “Estaba en el suelo y no sabía lo que había ocurrido. Sólo cuando intenté moverme me di cuenta de que sangraba mucho”, asegura. Su dramática historia, contada en un diario local, se repite con demasiada frecuencia desde hace dos décadas en un país desgarrado donde todavía hay entre cuatro y seis millones de estos artefactos sin desactivar.

A Lay, la cirugía le salvó milagrosamente la vida, pero no evitó la amputación de sus dos piernas. Tras la operación, el joven quedó tan conmocionado y deprimido que abandonó la escuela e intentó suicidarse; tras meses de rehabilitación y después de que le colocaran una prótesis, ahora puede caminar de un sitio a otro sin ayuda, e incluso ha vuelto al colegio en una bicicleta que le regalaron miembros de UNICEF.

Precisamente, Naciones Unidas fue de los pocos organismos de ayuda humanitaria que lograron entrar en Camboya en la década de los 80, cuando el país aún estaba cerrado a Occidente. La política del gobierno estaba bajo el control de los vietnamitas, lo que a su vez provocó el embargo norteamericano. Por si fuera poco, Vietnam invadió en 1984 todos los campos rebeldes que había en el estado y obligó a los jemeres rojos y a sus aliados a refugiarse en Tailandia; éstos se convirtieron en una guerrilla que realizaba incursiones con el objetivo de ‘minar’ la moral de sus adversarios.

Los jemeres, acosados, optaron por bombardear las comandancias controladas por el Gobierno, colocando millones de minas terrestres en zonas rurales, que obligaron a miles de hombres, mujeres y niños a refugiarse en el interior de Laos. Los vietnamitas, por su parte, intentaron proteger sus bastiones detonando puentes, cercando los pasos fronterizos y creando el mayor campo de minas del mundo, conocido como K-5, que todavía hoy provoca al mes una media de 20 mutilaciones.

Buena parte de ellas se producen en la zona comprendida entre Battambang, Anlong Veng y Pailin, considerada como la más minada del planeta, donde hay más de 25.000 personas afectadas por esta lacra infernal. Contra ella luchan desde hace 15 años organizaciones como el Cambodian Mine Action Centre y el Mines Advisory Group, quienes han eliminado en la última década más de 800.000 minas terrestres y 1,77 millones de municiones sin estallar.

La labor de las ONG y los organismos internacionales, en cualquier caso, sigue siendo insuficiente, porque se limita a la detección y desactivación de artefactos, pero rara vez atiende a los damnificados. Éstos, muchos de ellos niños, quedan abandonados a su suerte una vez salen del hospital, ya que sus familias no pueden permitirse el lujo de velar por un discapacitado sin horizonte ni futuro.

Para evitar eso llegó a Camboya en 1985 el jesuita español Enrique Figaredo, quien suma ya casi tres décadas trabajando por uno de los colectivos más olvidados y marginados, los refugiados víctimas de las minas. En torno a ellos impulsó varios proyectos de atención a personas discapacitadas que son hoy un referente a nivel mundial.

Tres años más tarde, en 1988, se instaló en Phnom Penh, con el objetivo de llegar con sus iniciativas a todos los camboyanos, lo que le llevó en 1990 a la fundación de Banteay Prieb, la primera escuela del país de formación de discapacitados y taller de fabricación de sillas de ruedas. Ya en el año 2000, monseñor Figaredo –al que todo el mundo conoce como el padre Kike- fue nombrado obispo de la Prefectura Apostólica de Battambang, desde donde sigue combatiendo con fervor contra la desesperanza y la rabia de cientos de vidas minadas.

lunes, 27 de junio de 2011

Los túneles de Cu Chi

La prepotencia norteamericana, de la que llevan décadas haciendo gala, provocó una de las mayores sinrazones del siglo pasado: la guerra de Vietnam. Como no es el momento ni el lugar para analizar los porqués de aquella barbarie, me limitaré a descubrir uno de los motivos por los que el ejército estadounidense tardó más de lo previsto en resolver una contienda que, según Nixon, debía quedar zanjada “en pocos días”.

Con afirmaciones así, el protagonista del ‘Watergate’ no sólo se granjeó la repulsa de unos cuantos hippies, sino que logró despertar lo que muchos catalogaron como la primera revolución pacifista de la historia. Porque Vietnam fue, y sigue siendo, un grano en el culo para Estados Unidos. Y es que, en zonas como Cu Chi, bastaron unos pocos miles de agricultores para poner en evidencia a unas tropas profesionales armadas hasta los dientes.

Como Saigón o Hanoi, Cu Chi se convirtió durante la guerra en el infierno del que tanto hablaba Rambo, el único capaz –en el cine, claro- de hacer frente a guerrilleros que, como si de fantasmas se tratase, aparecían y desaparecían dando la impresión de constituir una enorme y ficticia tropa. Sencillamente, los valerosos vietnamitas –apenas unos cientos- se limitaron a poner en práctica su conocimiento del terreno, construyendo rutas subterráneas que sirvieron de refugio a más de 10.000 habitantes y combatientes durante más de un decenio.

En Cu Chi, epicentro de los combates más cruentos, llegaron a existir en 1975 tres niveles de pasadizos subterráneos excavados en zigzag, situados a 6, 8 y 10 metros de profundidad, y con una longitud total de 220 kilómetros. Dentro de estos infinitos laberintos se organizó toda una ciudad en miniatura, donde coexistían desde fábricas de ropa y armas, hasta dormitorios, cocinas, cuartos de almacenaje, mercados, hospitales, comedores, salones, pozos y sistemas de ventilación.

Con simples palas de mano, los vietnamitas cavaban cerca de dos metros al día, y se deshacían de la tierra llevándosela en cestas que arrojaban en lugares muy distantes entre sí. Las entradas a estos túneles, rectángulos de apenas 40 por 30 centímetros de ancho, se camuflaban con vegetación, lo que hacía que pasaran tan desapercibidas que en algunos casos los norteamericanos llegaron a montar una base sobre ellos sin darse cuenta de que sus enemigos vivían debajo.

A finales de 1968, después de sufrir severas derrotas y un buen puñado de bajas, los marines descubrieron una entrada en Cu Chi, lo que sin embargo no evitó que tardaran tres años en derribar aquella fortaleza subterránea. Cansados de combatir contra sombras, y hartos del calor y los mosquitos, el ejército americano intentó destruir los túneles con explosivos y quemando gas de acetileno. Pero la dureza de la tierra y la capacidad de los vietnamitas para reparar durante la noche lo destruido, impedía que estos ataques tuvieran éxito. También se enviaron perros para localizar a los guerrilleros, pero las trampas colocadas en los túneles los mataban o mutilaban.

Como desesperada alternativa, el ejército norteamericano preparó a conciencia a un grupo de voluntarios, con el objetivo de expulsar al Vietcong de su guarida de Cu Chi. Al mando del lunático capitán Herbert Thorton, una treintena de ratas de túnel debían arrastrarse durante horas a través de las cavidades, en la más completa oscuridad, asumiendo que su vida podía acabar en cualquier momento. Sólo llevaban una linterna, una pistola y un cuchillo.

Pese a que lograron acceder al segundo nivel y provocar importantes destrozos en varios de los agujeros, más de la mitad de las ratas terminaron saliendo a la superficie llorando y pidiendo que se les relevase de la misión. Ante la contestación y división de la sociedad estadounidense, y sin lograr derrotar en Cu Chi a los agricultores vietnamitas, las tropas estadounidenses cesaron su intervención directa en la zona en 1973. El conflicto, no obstante, prosiguió hasta que en 1975, tras la toma de Saigón, se forzó la rendición incondicional de las tropas sudvietnamitas y la unificación del país, bajo el control del gobierno comunista de Vietnam del Norte, con el nombre de la República Socialista de Vietnam, el 2 de julio de 1976.

Para Estados Unidos, el conflicto resultó ser la confrontación más larga en la que se han visto envueltos jamás. De aquellos días quedará para siempre un sentimiento de derrota que los psicólogos denominan Síndrome de Vietnam, que tiene mucho que ver con aquellos fantasmas de Cu Chi a los que la tierra se tragaba con la misma facilidad con la que los situaba ante la mirada desquiciada de un marine norteamericano.

martes, 21 de junio de 2011

Un hogar llamado Mekong


Con una longitud de casi 5.000 kilómetros y una cuenca de 810.000 kilómetros cuadrados -mayor que estados como Turquía, Chile o Zambia-, el río Mekong es el alma y el corazón del sudeste asiático. No en vano, después de dejar atrás la meseta tibetana en la que nace, serpentea vertiginosamente por China, Birmania, Tailandia, Laos, Camboya y Vietnam. En todos y cada uno de estos países, además, deja una impronta diferente, que incluso llega a marcar el carácter de todos aquellos que se acercan hasta él.

Porque el Mekong, para buena parte de la población a este lado del planeta, es algo más que litros y litros de agua color chocolate. Y es que en torno a él se instalaron hace siglos cientos de comunidades y pueblos, cuya supervivencia depende casi en exclusiva de lo que pueda llegar a ofrecer este coloso fluvial.

Para los vietnamitas, por ejemplo, el río se ha convertido en epicentro de una incesante actividad comercial, ya que diariamente sus aguas sirven de escenario a más de una decena de mercados flotantes, donde uno se siente como el capitán Nemo en Mercadona. Uno de los más bulliciosos es el de Cai Rang, ubicado a unos siete kilómetros al suroeste de la ciudad fronteriza de Can Tho. Sus puestecillos, pequeñas barcas con decenas de baches en sus cascos, tienen colgado de un mástil el producto principal a la venta, a modo de singular estandarte.

Destacan, por encima de todo, la fruta fresca, las verduras y hortalizas, el arroz cultivado en el Delta del Mekong y, por supuesto, pescados y mariscos fresquísimos que difícilmente pasarían los controles alimentarios pertinentes. Por vender, sin embargo, hay quien vende desde sillones a tabaco, y en alguno todavía se pueden encontrar se hasta serpientes, que algunos asiáticos compran no sólo para zamparse, sino también para evitar la rápida multiplicación de la población de ratas en algunas ciudades.

Pese a todo, esta kafkiana combinación de colores,
aromas y sonidos de los floating markets lo convierten a uno en espectador privilegiado y te hacen sentir protagonista de una experiencia única e imborrable. Para lograrlo, no obstante, hay que levantarse con el alba, porque es posible que más allá de las 9 de la mañana ya no haya ni barcos ni productos decentes que adquirir en estos bazares acuáticos.

En Camboya y Laos, en cambio, el Mekong no genera tantos ingresos a los cientos de miles de personas que se arriman a sus orillas. En ambos países, como en muchas otras zonas de China y Birmania, el río de los nueve dragones (como lo denominan los vietnamitas, por sus numerosos ramales) es el cobijo y refugio de familias que sacan lo que pueden de sus aguas para salvar sus míseras existencias. Para ellos, la humedad, la mugre y los insectos no son más que chinchosos vecinos a los que hay que dejar espacio, porque alguien los puso bajo el mismo techo que a estos desterrados cuyo futuro se ahoga con cada crecida.

domingo, 19 de junio de 2011

‘Check points’

Ubicada en pleno corazón del sudeste asiático, Camboya comparte un paso fronterizo con Laos, seis con Tailandia y ocho con Vietnam. A excepción del tailandés de Prasat Vihear, vedado a los extranjeros (porque las balas caen como rosquillas), en todos ellos pueden obtenerse visados de entrada sin demasiados problemas. De hecho, la mayoría de agencias de viajes y compañías de transporte que trabajan en la zona te facilitan todo lo necesario –previo generoso pago- para poder desplazarte con relativa comodidad por los cuatro países.

Sin embargo, hablar de fronteras en Asia es ir mucho más allá de un par de agentes de aduanas en el aeropuerto. Porque en esto, como en muchas otras cosas, esta parte del planeta funciona de una manera muy singular. En términos generales, no hay por qué alarmarse, porque la globalidad de la hablaba Mcluhan también se deja notar en esto del tránsito de personas. Pero sí es cierto que, con un poco de mala suerte, uno puede llegar a vivir episodios propios de una película de Buñuel.

Porque, por ejemplo, en los check points marítimos y terrestres hay quien trata de hacer su agosto a costa de los turistas. Así, además de inflar los precios establecidos de los visados (de entrada y salida), hay quien te exige dinero hasta por dejarte usar el bolígrafo. Y es que en Asia se paga por todo, y continuamente. Por eso, a la hora de hacer las maletas es bueno destinar parte del presupuesto a lo que comúnmente llamamos sobornos, esas pequeñas extorsiones ante las que los gobiernos de turno poco o nada pueden hacer.

En Camboya, pese a todo, estos ‘impuestos turísticos’ son bastante más asequibles que en Tailandia o Laos, donde no sólo hay que bregar contra los oficiales de aduanas, sino también contra organizadas redes de estafadores profesionales que monopolizan todos los servicios básicos (restaurantes, casas de cambio, tiendas de souvernirs, etc) en cien kilómetros a la redonda.

Para los viajeros avezados, los check points asiáticos pueden llegar a resultar de lo más entretenido. Básicamente, porque en nada se parecen a lo que uno está acostumbrado a ver por Europa, donde la libre circulación impide que haya restricciones de algún tipo. Todo lo contrario que aquí, donde una gorra mal puesta, una cara sin afeitar o unos pantalones demasiado cortos pueden jugarte una mala pasada. Porque si el funcionario de turno, casi siempre regordete y sin muchas ganas de trabajar, no duda en exigir unos dólares de más con la excusa de alguna nueva normativa inventada por él mismo o por una supuesta tasa recién aprobada que siempre es mejor abonar.

La experiencia, no obstante, no llega a ser en esta zona del mundo tan excitante como en Sudamérica o en Estados Unidos, donde a uno lo dejan en pelotas por menos de un pimiento. Y eso por no hablar de países como Israel o China, en los que cualquier turista es susceptible de convertirse en terrorista internacional a poco que el guardia de turno haya tenido una mala noche. En esos casos, mejor no ponerse chulito y encomendarse a todos los santos, y si es posible canturrear algo de flamenco, porque es lo único por lo que se conoce a los españoles en cualquier frontera del mundo.


Nota: La primera foto pertenece al paso fronterizo marítimo de Kaam Sammon, entre Phnom Penh y Chau Doc, mientras que la segunda corresponde al check point terrestre de Moc Bai, entre Saigon y Phnom Penh.


lunes, 23 de mayo de 2011

Retrato desde el infierno

Paseando por las calles de Phnom Penh, viendo las caras sonrientes de los camboyanos, uno no es capaz siquiera de imaginar cuánto dolor conservan todavía hoy en sus memorias, ni cuánto sufrimiento fueron capaces de acumular durante los tres años, ocho meses y veinte días que duró el sangriento régimen de los jemeres rojos.

Aquel castigo, que costó la vida a más de dos millones de personas, sigue latente entre los muros de la prisión de Tuol Sleng, el instituto que en 1975 las fuerzas de seguridad del inefable Pol Pot convirtieron en la prisión S-21, un teatro del horror sólo comparable a Auschwitz. No en vano, en ella fueron retenidas y torturadas más de 17.000 personas, ejecutadas progresivamente en los campos de exterminio de Choeung Ek, más conocidos como los Killing Fields.

Convertido ahora en escalofriante museo, la S-21 retrata el lado más oscuro del espíritu humano a partir de fotos, instrumentos de tortura y cráneos hacinados a lo largo de una veintena de salas donde no hay espacio para la compasión ni el perdón. Como los nazis, los jemeres rojos llevaron a cabo un exterminio selectivo que incluyó a hombres, mujeres y niños de toda clase y condición, del que sólo pueden dar fe hoy tres personas, los únicos de los siete supervivientes que todavía están vivos (las tumbas de los últimos 14 presos quedaron en el patio mismo de la prisión).

Uno de ellos es el artista camboyano Vann Nath, famoso en todo el mundo por sus representaciones de las torturas de los jemeres en la S-21. Fue esta habilidad, precisamente, la que le permitió sobrevivir durante un año en este templo infernal, tiempo en el que vio las mayores atrocidades que uno pueda concebir, según relata él mismo en su biografía.

Con el tiempo, sus óleos fueron usados en el proceso judicial contra Pot y sus adláteres, que llevaban un registro meticuloso de sus barbaries del que no pudieron deshacerse cuando las tropas vietnamitas liberaron al país en 1979. Para Vann Nath, que no pudo volver a pintar hasta 15 años después, “aquellas almas murieron sin esperanza, sin luz ni futuro”. “No tuvieron una vida como merecían”, añade el artista, quien junto a otros detenidos prometió contar todo lo vivido si lograba sobrevivir.

Hoy, convertido en restaurador de éxito, reconoce sentir vergüenza cada vez que explica los detalles de aquella tragedia. Pese a todo, deja claro que “ningún juicio hará suficiente justicia a los muertos; por tanto, no podemos pedir demasiada justicia, porque se convertiría en venganza”. Y Camboya no puede permitirse el lujo de seguir mirando hacia atrás con ira. Su futuro es demasiado halagüeño como para continuar lamentándose por las heridas. Éstas quedarán para siempre guardadas en los cuadros de Vann Nath, como si de una macabra visión se tratase. Escenas de un pasado cerrado para siempre bajo la promesa de que algo así no volverá a repetirse jamás.























viernes, 24 de septiembre de 2010

Human Rights Watch denuncia la brutalidad policial en Vietnam

La organización internacional Human Rights Watch (HRW) ha denunciado que la brutalidad de la policía vietnamita ha causado 15 muertos en un año y pide al Gobierno de Hanoi que juzgue a los responsables. Entre julio de 2009 y julio de 2010 se registraron 19 casos de agresiones a personas bajo custodia policial o en acciones de las fuerzas de seguridad para sofocar protestas callejeras, explica HRW en un comunicado.

Según la investigación de la organización comprometida con la defensa de los Derechos Humanos, 15 de esos 19 agredidos murieron a consecuencia de los golpes recibidos. "La brutalidad de la Policía está creciendo a un ritmo alarmante en cada región de Vietnam y preocupa seriamente que esos abusos sean sistemáticos y generalizados", indica el subdirector para Asia de HRW, Phil Roberton, en la nota.

La ONG cita el caso de un joven que falleció el pasado junio de una hemorragia interna causada por los golpes que recibió durante el interrogatorio en un cuartel de la Policía de la provincia de Thai Nguyen, al norte del país. El documento menciona otros casos similares ocurridos a jóvenes que antes morir a causa de las palizas de policías habían sido detenidos por infracciones o delitos menores.

Fuente:EFE

miércoles, 14 de octubre de 2009

Cruz Roja envía ayuda humanitaria y delegados de emergencia a Indonesia, Filipinas y Vietnam

Cruz Roja Española refuerza su intervención frente a las catástrofes que han afectado a Indonesia (terremotos), Filipinas y Vietnam (afectadas por tormentas tropicales y un tifón). Hoy mismo parte desde la base área de Torrejón de Ardoz (Madrid) un avión con ayuda humanitaria hacia la localidad de Padang, en la isla indonesia de Sumatra. El avión, fletado en colaboración con la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) transportará dos líneas completas de agua de Cruz Roja Española, que incluyen dos plantas potabilizadoras y diverso material de saneamiento.

"Cada planta puede suministrar 3.500 litros a la hora, tanto a poblaciones como a instalaciones de salud, cubriendo así a más de 6.000 personas al día", apunta Cristina Estrada, técnica de la Unidad de Emergencias de Cruz Roja Española. La institución humanitaria está también enviando más ayuda humanitaria y plantas potabilizadoras a la zona afectada desde el almacén que tiene en la localidad de Bandung, en la misma isla de Sumatra.

Además de esta ayuda, Cruz Roja Española envía esta semana otros cuatro delegados de emergencias, expertos en agua y saneamiento y reconstrucción. Una vez en Padang, los delegados colaborarán con los equipos ya en terreno de Cruz Roja Española y con la Cruz Roja Indonesia, activa desde el primer momento de la catástrofe evacuando y asistiendo a heridos, distribuyendo ayuda humanitaria y alojando a los desplazados en centros temporales.

Por otra parte, Filipinas y Vietnam siguen padeciendo los efectos de las últimas tormentas tropicales y del tifón Ketsana, que han dejado a miles de personas en situación de extrema vulnerabilidad. Tres delegados de Cruz Roja parten en las próximas horas para esta región, con el fin de colaborar con la Cruz Roja de ambos países en labores de logística y de distribución de ayuda humanitaria. En estos países, la posible aparición de brotes epidémicos vinculados con la contaminación del agua amenaza a los supervivientes.

Quienes deseen colaborar con la campaña humanitaria puesta en marcha por Cruz Roja Española pueden hacerlo a través del teléfono 902 22 22 92 o de la página web www.cruzroja.es.

martes, 30 de junio de 2009

Las bombas de la guerra han dejado 42.000 muertos en Vietnam desde 1975

Las bombas de la época de la guerra con Estados Unidos han matado a más de 42.000 personas y casi cada semana dejan algún amputado en Vietnam casi cuatro décadas después del final del conflicto en 1975, según la prensa estatal. De las 15 millones de toneladas de artefactos explosivos lanzados por EEUU durante diez años de bombardeos, unas 800.000 toneladas sin explotar todavía contaminan al menos el 20% del territorio del país, según el diario oficial del Ejército.

Para muchos vietnamitas pobres, el metal que contienen son una importante fuente de ingresos, pese al peligro que supone manipular las bombas. El teniente general Nguyen Huy Hieu declaró al periódico que llevará al menos 100 años rastrear y desactivar todas estas bombas. Además, unas 62.000 personas han sido heridas por el estallido de obuses y otros proyectiles, y la mayoría de ellas han perdido algún miembro, generando un enorme gasto para la sanidad pública.

Hasta ahora y a pesar de la ayuda de varias ONG y de su antiguo enemigo norteamericano, el Gobierno de Vietnam sólo ha logrado limpiar el 3%del terreno afectado, pero se necesitan decenas de miles de millones de dólares para poder terminar esos trabajos, dijo el general Hieu. Los datos oficiales vietnamitas no incluyen el reguero de muertos y amputados por el mismo motivo en las vecinas Camboya y Laos, que también fueron bombardeadas profusamente por Estados Unidos durante aquellos años.

Fuente: EFE

Foto: AP