Cada
año pienso lo mismo: “Necesito urgentemente las vacaciones”. Imagino, no
obstante, que el 99% de los españoles afortunados que pueden disfrutar de los
merecidos días de asueto coinciden conmigo en esta afirmación. Pero lo cierto
es que, teniendo en cuenta la precariedad en la que se mueve el mercado y las
leoninas condiciones a las que son sometidos los nuevos esclavos del siglo XXI
–que en mi modesta opinión son los mileuristas-, el poder desconectar durante
unos días, aunque sean pocos, debería convertirse en un derecho humano
fundamental.
Porque no solo es sano y saludable, también redunda en el
beneficio de los explotadores, que reciben a la vuelta a sus subordinados mucho
más frescos y sanotes. Estos, además, no tendrán excusa durante meses en
realizar todas las tareas con la misma o mayor eficacia que antes de irse,
porque si no seguro que alguien en el despacho o en la planta de arriba les
recuerda eso tan manido de: “Tienes suerte de poder cogerte unos días, y ya
quisieran muchos estar en la misma situación que tú”. Y la verdad es que no les
falta razón, porque en la cola del paro hay decenas de sujetos desesperados que
darían medio brazo por poder conseguir un empleo, y si encima este conlleva
vacaciones, estoy seguro que entregarían el brazo entero si fuera necesario.
Bueno, quizá exagere, que tampoco hay que amputar si no es estrictamente
imprescindible. Pero, volviendo a la realidad actual, sí me sorprende mucho
cómo el tener un trabajo digno se ha defenestrado tanto que algunos ya lo
comparan con un artículo de lujo, como podía ser hace unos años comprarse un
Mercedes o tener un piso en Torrevieja. La culpa, fundamentalmente, la tienen
los propios trabajadores, que no han sabido defender aquello que les
corresponde, un derecho inalienable que persiguen ahora más de cinco millones
de españoles. Ninguno de ellos podrá irse de vacaciones este verano, como
seguro tampoco lo hicieron los últimos veranos, a pesar de que las estadísticas
y las macrocifras que manipula el Gobierno parecen empujarnos a todos a un mar
de calma y prosperidad.
Nada más lejos de la realidad. Las islas, los paraísos
y, en definitiva, el merecido descanso estival, solo está ya al alcance de unos
pocos bolsillos, posiblemente los mismos que al volver de las vacaciones
seguirán pensando en recortes, expedientes de regulación de empleo y despidos.
Y para los que se queden y logren capear el temporal, el único consuelo será
pensar que el año próximo, antes o después, volverán esos días de asueto donde
uno puede respirar y sentirse afortunado por formar parte de un sistema que nos
ha enseñado a vivir para trabajar, y no al revés. Felices vacaciones. Nos vemos en octubre