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lunes, 24 de junio de 2013

Sueños minados

Cuando tenía 14 años, Lay Sokhum pisó una mina terrestre mientras trabajaba en el sembrado de su padre cerca de Pailin, un modesto pueblo de la Camboya occidental. "Después de la explosión vi humo", explica. "Estaba en el suelo y no sabía lo que había ocurrido. Sólo cuando intenté moverme me di cuenta de que sangraba mucho", asegura. Su dramática historia se repite con demasiada frecuencia desde hace dos décadas en un país desgarrado donde todavía hay entre cuatro y seis millones de estos artefactos sin desactivar.

A Lay, la cirugía le salvó milagrosamente la vida, pero no evitó la amputación de sus dos piernas. Tras la operación, el joven quedó tan conmocionado y deprimido que abandonó la escuela e intentó suicidarse; tras meses de rehabilitación y después de que le colocaran una prótesis, ahora puede caminar de un sitio a otro sin ayuda, e incluso ha vuelto al colegio en una bicicleta que le regalaron miembros de Unicef. Precisamente, Naciones Unidas fue de los pocos organismos de ayuda humanitaria que lograron entrar en Camboya en la década de los 80, cuando el país aún estaba cerrado a Occidente. La política del gobierno estaba bajo el control de los vietnamitas, lo que a su vez provocó el embargo norteamericano. Por si fuera poco, Vietnam invadió en 1984 todos los campos rebeldes que había en el estado y obligó a los jemeres rojos y a sus aliados a refugiarse en Tailandia; éstos se convirtieron en una guerrilla que realizaba incursiones con el objetivo de ‘minar’ la moral de sus adversarios.

http://www.diariodeavisos.com/suenos-minados/ 

martes, 8 de mayo de 2012

Las minas olvidadas siguen matando inocentes en la India

Los niños estaban simplemente haciendo lo que resultaba algo natural para ellos después de encontrar aquel cachivache en la carretera: jugar con él. Fue esa innata curiosidad infantil la que destrozó para siempre el mundo de Shabir Ahmad y de sus tres compañeros de clase. Los tres niños eran del pueblo de Soothipora Gund, en la Cachemira india. Y todos murieron, entre ellos el hermano de nueve años de Ashfaq Shabir, al estallarles ese juguete que resultó ser un explosivo abandonado por el ejército.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/05/07/solidaridad/1336376256.html 

lunes, 30 de enero de 2012

Sueños minados

Cuando tenía 14 años, Lay Sokhum pisó una mina terrestre mientras trabajaba en el sembrado de su padre cerca de Pailin, un modesto pueblo de la Camboya occidental. “Después de la explosión vi humo”, explica. “Estaba en el suelo y no sabía lo que había ocurrido. Sólo cuando intenté moverme me di cuenta de que sangraba mucho”, asegura. Su dramática historia se repite con frecuencia desde hace dos décadas en un país desgarrado donde todavía hay entre cuatro y seis millones de estos artefactos sin desactivar.

http://noticias.lainformacion.com/asuntos-sociales/desactivacion-de-pertrechos/suenos-minados-en-camboya_HgoDm4hbT3M4brH7qnyL13/ 

domingo, 25 de diciembre de 2011

10.000 muletas para levantar el ánimo de Sierra Leona

La operación "Levántate" tenía un objetivo claro: hacer que 10.000 personas pudieran ponerse en pie el mismo día. Víctimas de minas terrestres, amputados y enfermos de polio del país africano se han beneficiado de esta 'Operation Rise', desarrollada por la organización estadounidense The Peace Project. “Pensé en el increíble impulso anímico y el impacto social que provocaría sobre la moral del país lograr que 10.000 personas se pudieran poner de pie el mismo día”, asegura la  promotora de la idea, Lisa Schultz. “Sabía además que para implicar a gente de todo el mundo en un problema causado por una guerra que acabó hace 10 años teníamos que hacer algo grande e imaginativo”.

El acto tuvo lugar el Día Internacional de la Paz, subrayando así el hecho de que muchos de los receptores de las muletas son víctimas de la guerra civil de Sierra Leona. Los amputados que se ven habitualmente mendigando en las calles de Freetown son un recuerdo visible del brutal conflicto que ha vivido el país africano. No hay estadísticas fiables sobre cuántas personas sufrieron amputaciones de manos, pies, brazos, labios, orejas o genitales durante la larga década de guerra en el país, entre 1991 y 2002.

Algunos cálculos hablan de 10.000 amputados. Handicap International y Médicos sin Fronteras dicen que hubo unas 4.000 amputaciones deliberadas durante el conflicto. Algunos de los supervivientes que hicieron cola para recibir sus muletas el Día Internacional de la Paz decían que usarían las nuevas herramientas no sólo para desplazarse, sino para jugar al fútbol. La Asociación Deportiva de Amputados 'Single Leg' se formó en 2001, según explica su portavoz, Albert Manley Mustapha.  “El objetivo era reintegrar a los amputados en la sociedad, darles confianza, dignidad y respeto y convertirles en embajadores de la paz para esta nación, promoviendo la construcción de la paz y de la superación del trauma”, explica.

A lo largo de Sierra Leona hay 300 jugadores de fútbol de amputados, que forman parte de seis equipos. El equipo nacional viaja al extranjero, en donde se reúnen con estrellas del fútbol y juegan partidos de exhibición frente a formaciones sin discapacitados. Además de jugar al fútbol, los amputados reciben educación y cursos de formación profesional. Algunos de estos jugadores se han casado, lo que es un símbolo de la aceptación social que comienzan a tener, algo muy poco habitual antes.

“Durante el tiempo que no jugué al fútbol estuve marginalizado”, asegura Umaru Samdy, de 20 años, nacido en la segunda ciudad en tamaño del país, Bo. “La gente suele decir que como somos discapacitados no valemos para nada, pero gracias al fútbol he salido adelante y la gente se da cuenta de que aunque no tenga dos piernas, puedo hacer algo”. Las amputaciones como castigo cometidas durante la guerra civil de Sierra Leona incluyeron la “manga larga” (hasta la muñeca) y la “manga corta” (hasta el codo). Otras víctimas perdieron sus extremidades por culpa de balas o minas terrestres. Pero en Sierra Leona hay muchos otros discapacitados que no son víctimas de la guerra. Ciertos programas de ayuda, como el de construcción de viviendas para amputados que desarrolla el Consejo de los Refugiados Noruego, han provocado quejas de que las víctimas de la guerra reciben mucha más ayuda que los otros miles de discapacitados.

“El número de personas amputadas durante la guerra es un porcentaje de la población discapacitada muy pequeño”, afirma Yann Cornic, director de programa de Handicap International en Sierra Leona. “Tras 10 años, cuando se habla sobre discapacidades no se puede poner sólo el foco sobre ese grupo”. Osman Bah admite que sólo se dio cuenta de que la gente con discapacidades se podía integrar a la sociedad general cuando viajó al Reino Unido para realizar su doctorado. Hoy en día trabaja como jefe de proyecto regional de Leonard Cheshire Disability, una ONG que desarrolla proyectos de educación, formación y defensa de los derechos de los discapacitados en África Occidental.

“Las discapacidades en nuestra cultura son un gran estigma, asociado a brujería, males de ojo, ataques del diablo o a crímenes cometidos por tus abuelos o padres”, explica Bah. “Cuando yo enfermé de polio, a los tres años, lo relacionaron con la brujería”. "Tan sólo en la última década se ha comenzado a hablar en Sierra Leona sobre discapacidades. Antes era un tema tabú", dice. Gracias a los Objetivos de Desarrollo del Milenio, la gente vulnerable ha logrado reconocimiento, reconoce Bah. Pero pese a la reciente aprobación en Sierra Leona de la primera Ley de Discapacidad, las cosas siguen siendo difíciles en el día a día.

“Es un paso adelante, pero redactar y firmar una ley es una cosa, y su implementación, otra”, admite Cornic, de Handicap International. Casi el 70% de los discapacitados de Sierra Leona en edad laboral no tienen ingreso económico alguno, según una investigación realizada en 2009 por Jean-Frances Trani para el University College de Londres y Leonard Cheshire Disability. La situación es parecida en el resto de África Occidental, dice Cornic. Asegura que las personas con alguna discapacidad se enfrentan a los mismos problemas que el resto de la población (acceso a la sanidad, educación y una vida decente), pero con complicaciones añadidas.

Fuente y foto: Lynn Morris (GlobalPost)

lunes, 11 de julio de 2011

El mayor espectáculo del mundo

No hay tigres, ni leones; tampoco hay elefantes, ni osos, ni domadores. Pero nada de eso importa cuando se encienden las luces del pequeño teatro y el presentador anuncia en un viejo micrófono que la sesión está a punto de comenzar. “Pasen y vean. Bienvenidos al mayor espectáculo del mundo: el circo”.

Creada en 1986 con el objetivo inicial de apoyar la recuperación psicológica de jóvenes refugiados de guerra a través de la expresión artística, la ONG Phare Ponleu Selpak (PPS) se ha consolidado hoy día como una de las entidades más activas en la lucha contra el subdesarrollo de las comunidades desfavorecidas de Camboya, a través de diferentes programas y servicios sociales, educativos y culturales dirigidos especialmente a familias que viven en situación de extrema pobreza y marginalidad.

Su acción se centra en la práctica artística como elemento de transformación social. No en vano, PPS considera el arte como una herramienta no sólo para impulsar la expresión individual y colectiva, sino que ayuda a afrontar las necesidades psicosociales de cada menor, aumentando sus capacidades educativas y sociales y mejorando su desarrollo personal. Para lograr estos ambiciosos objetivos, a principios de los 90 creó la escuela de circo Anch Anh de Battambang, que en la actualidad acoge a un millar de jóvenes que reciben educación y formación artística en dibujo, vídeo animación y música popular.

Gracias a la asistencia técnica y económica de varias escuelas de circo francesas, el grupo de Anch Anh inició su andadura profesional en 1998 con una treintena de artistas. Entre ellos figuraban siete niños rescatados de las redes de la prostitución y acogidos en el orfanato de la asociación, cuyos espectáculos, más allá del entretenimiento, tienen una clara vocación pedagógica. “Con las actuaciones damos información sobre prevención del sida, las drogas, la higiene o las minas antipersona”, explica uno de los educadores, quien asegura que la finalidad de la ONG es ofrecer alternativas a los adolescentes para que éstos se comprometan con la sociedad en la que viven.

Y es que, además del circo, Phare Ponleu Selpak trabaja para mejorar las condiciones de vida en Battambang, una de las poblaciones más peligrosas del país por su cercanía con la frontera de Tailandia y las numerosas minas antipersona sin desactivar que yacen dormidas en sus alrededores.

Por su ubicación geográfica, el ejército regular de Phnom Penh instaló en la localidad un centro de operaciones de primer orden en 1990, para combatir las guerrillas que trataban de infiltrarse en la zona central del país. Así, y en represalia por la presencia militar, los jemeres rojos atacaban por sistema la ciudad, que durante años estuvo prácticamente aislada. Con el inicio de las conversaciones de paz en 1998, el clima de inseguridad fue desapareciendo paulatinamente, se rehabilitó la carretera de acceso al municipio y se potenció su rico patrimonio cultural.

En esta metamorfosis fue decisivo el papel de la escuela de circo, quien ha rescatado del abismo a cientos de niños que ahora entrenan con esfuerzo e ilusión en disciplinas como las acrobacias, los malabares, el equilibrio, el contorsionismo o el trapecio. De hecho, algunos de aquellos adolescentes castigados por la posguerra son ahora destacados artistas profesionales que realizan actuaciones en Camboya y en todo el mundo.

En Battambang, mientras, la carpa de Anch Anh se sigue abriendo de par en par dos veces por semana para presentar el mayor espectáculo del mundo. “Pasen y vean. La función está a punto de comenzar”.

Fotos: PPS

Puedes ver un video en inglés sobre la labor de PPS y la escuela de circo en:
http://www.youtube.com/watch?v=9RIbFSrXC5E&feature=related

lunes, 4 de julio de 2011

Vidas minadas

Cuando tenía 14 años, Lay Sokhum pisó una mina terrestre mientras trabajaba en el sembrado de su padre cerca de Pailin, un modesto pueblo de la Camboya occidental. “Después de la explosión vi humo”, explica. “Estaba en el suelo y no sabía lo que había ocurrido. Sólo cuando intenté moverme me di cuenta de que sangraba mucho”, asegura. Su dramática historia, contada en un diario local, se repite con demasiada frecuencia desde hace dos décadas en un país desgarrado donde todavía hay entre cuatro y seis millones de estos artefactos sin desactivar.

A Lay, la cirugía le salvó milagrosamente la vida, pero no evitó la amputación de sus dos piernas. Tras la operación, el joven quedó tan conmocionado y deprimido que abandonó la escuela e intentó suicidarse; tras meses de rehabilitación y después de que le colocaran una prótesis, ahora puede caminar de un sitio a otro sin ayuda, e incluso ha vuelto al colegio en una bicicleta que le regalaron miembros de UNICEF.

Precisamente, Naciones Unidas fue de los pocos organismos de ayuda humanitaria que lograron entrar en Camboya en la década de los 80, cuando el país aún estaba cerrado a Occidente. La política del gobierno estaba bajo el control de los vietnamitas, lo que a su vez provocó el embargo norteamericano. Por si fuera poco, Vietnam invadió en 1984 todos los campos rebeldes que había en el estado y obligó a los jemeres rojos y a sus aliados a refugiarse en Tailandia; éstos se convirtieron en una guerrilla que realizaba incursiones con el objetivo de ‘minar’ la moral de sus adversarios.

Los jemeres, acosados, optaron por bombardear las comandancias controladas por el Gobierno, colocando millones de minas terrestres en zonas rurales, que obligaron a miles de hombres, mujeres y niños a refugiarse en el interior de Laos. Los vietnamitas, por su parte, intentaron proteger sus bastiones detonando puentes, cercando los pasos fronterizos y creando el mayor campo de minas del mundo, conocido como K-5, que todavía hoy provoca al mes una media de 20 mutilaciones.

Buena parte de ellas se producen en la zona comprendida entre Battambang, Anlong Veng y Pailin, considerada como la más minada del planeta, donde hay más de 25.000 personas afectadas por esta lacra infernal. Contra ella luchan desde hace 15 años organizaciones como el Cambodian Mine Action Centre y el Mines Advisory Group, quienes han eliminado en la última década más de 800.000 minas terrestres y 1,77 millones de municiones sin estallar.

La labor de las ONG y los organismos internacionales, en cualquier caso, sigue siendo insuficiente, porque se limita a la detección y desactivación de artefactos, pero rara vez atiende a los damnificados. Éstos, muchos de ellos niños, quedan abandonados a su suerte una vez salen del hospital, ya que sus familias no pueden permitirse el lujo de velar por un discapacitado sin horizonte ni futuro.

Para evitar eso llegó a Camboya en 1985 el jesuita español Enrique Figaredo, quien suma ya casi tres décadas trabajando por uno de los colectivos más olvidados y marginados, los refugiados víctimas de las minas. En torno a ellos impulsó varios proyectos de atención a personas discapacitadas que son hoy un referente a nivel mundial.

Tres años más tarde, en 1988, se instaló en Phnom Penh, con el objetivo de llegar con sus iniciativas a todos los camboyanos, lo que le llevó en 1990 a la fundación de Banteay Prieb, la primera escuela del país de formación de discapacitados y taller de fabricación de sillas de ruedas. Ya en el año 2000, monseñor Figaredo –al que todo el mundo conoce como el padre Kike- fue nombrado obispo de la Prefectura Apostólica de Battambang, desde donde sigue combatiendo con fervor contra la desesperanza y la rabia de cientos de vidas minadas.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Colombia, el país con mayor número de víctimas por minas antipersonas

Colombia, anfitrión de la II Conferencia de Revisión de la Convención de Otawa que comienza el próximo lunes en Cartagena de Indias, es el país con el mayor número de víctimas en el mundo por minas antipersonas. Desde 1990 y hasta el pasado 31 de octubre se habían registrado 8.081 víctimas en Colombia, de las cuales 5.274 fueron militares y 2.807 civiles.

Sólo en lo que va de año, 544 personas han resultado afectadas por la explosión de estas armas, de ellas 450 fueron heridas y 94 murieron. Colombia se ha convertido así en el foco de atención mundial diez años después de la entrada en vigor del Tratado de Otawa, que exigió el fin del uso de estos artefactos, quitándole esa posición a Camboya, que en 1999 vivía una situación muy crítica.

El director del Programa Presidencial de Colombia para la Acción contra Minas Antipersona (Paicma), Andrés Dávila, señaló que la cita de Cartagena, del 30 de noviembre al 4 de diciembre, es "una oportunidad para mostrar ese problema" y buscar compromisos para resolverlo. "Con el tiempo se ha entendido que lo interesante del caso colombiano es que en algún sentido Camboya es el pasado de la Convención y Colombia es el presente y el futuro en lo bueno y en lo malo", dijo Dávila.

Lo negativo, explicó, es que en Colombia se siguen sembrando minas y la afectación a la población civil es muy grande; mientras que el lado positivo es que se está afrontando el problema con medidas concretas "que van a ser importantes en los próximos años". "Lo que espera Colombia es hacer visible su situación, con su complejidad y sus esfuerzos para atender el problema, motivar una condena mucho más radical de los estados y de las organizaciones de la sociedad civil al hecho de que se siga minando el territorio", precisó.

La directora de la Campaña Internacional para la Prohibición de las Minas, Sylvie Brigot, subrayó por su parte que Colombia es el único país del continente americano donde los grupos armados no estatales siguen sembrando minas. Es además donde se registra el mayor número de víctimas y donde miles de personas "sufren en gran medida el impacto". "Estamos seguros de que como anfitrión de la Conferencia de Revisión de la Convención, el Gobierno de Colombia sabrá aprovechar la oportunidad para fortalecer sus esfuerzos al mejorar las condiciones de vida de todos los colombianos y colombianas que viven en zonas afectadas", dijo Brigot.

Desminar el suelo

En la actualidad, Colombia está en el proceso de destrucción de bases militares protegidas con minas, con 27 campos desminados de un total de 34 que están contaminados y que deben ser limpiados antes de 2011 para cumplir los compromisos. "La otra destrucción importante fue la de arsenales, todo lo que había en stock de minas antipersona, que eran alrededor de 20.000 minas se destruyó entre el 2002 y finales de 2004", aseguró Dávila.

Por otro lado, "el 60% de las víctimas han accedido a alguna de las ayudas previstas por el Estado. Nos falta ese 40% que son alrededor de unas mil personas que estamos buscando y estamos tratando de que entren al proceso de reparación", añadió Dávila.

La labor de desminado la realizan militares colombianos bajo la supervisión de la Organización de Estados Americanos (OEA), pero a partir del año próximo organizaciones civiles internacionales participarán en esas tareas. El vicepresidente colombiano, Francisco Santos, señaló que la cita de Cartagena le permitirá a Colombia aprender de los éxitos y errores de otros países. "Será un escenario donde intercambiemos experiencias, donde podamos dar a conocer el mensaje de lo que hemos hecho y lo que vamos a hacer en el futuro", dijo Santos.

El Informe 2009 del Monitor de Minas Terrestres, organización premiada con el Premio Nobel, asegura que uno de los grupos más prolíficos en la siembra de minas antipersonales en el mundo son las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la mayor y más antigua guerrilla de América.

Autor: Fernando Muñoz (EFE)

Foto: EFE

sábado, 4 de abril de 2009

Tres de cada 10 víctimas de minas terrestres son niños

Las minas terrestres antipersona y otros restos explosivos de guerra continúan representando una gravísima amenaza para los niños en todo el mundo. UNICEF ha subrayado este hecho durante la víspera del Día Internacional sobre el Peligro de las Minas y de asistencia para las actividades relativas a las minas.

En decenas de países del mundo, aún años después de la finalización de los conflictos armados, los habitantes civiles siguen muriendo o sufriendo lesiones diariamente. Se calcula que solamente en 2007, 5.426 personas murieron o sufrieron heridas debido al estallido de minas y otros artefactos explosivos abandonados por las fuerzas armadas.

Los niños, y especialmente los varones, son quienes corren mayor peligro, y constituyen más del 30% de las víctimas de las minas terrestres y los restos explosivos de guerra, que suelen confundir con juguetes. En 2007, aproximadamente un 60% de las bajas debidas a los restos explosivos de guerra fueron niños, de los cuales el 49% fueron varones y el 11% niñas.

Lesiones irreparables

Entre las posibles lesiones debidas a esos artefactos figuran la pérdida de brazos o piernas, o de la vista o la audición. Las víctimas pueden sufrir discapacidad permanente, lo que significa que requieren atención inmediata y apoyo a largo plazo. Sin embargo, debido a que en algunos países donde se producen lesiones de este tipo la población afectada carece de atención médica o servicios de rehabilitación, las consecuencias son devastadoras.

Cuando las víctimas de las minas terrestres y otros artefactos explosivos son los padres, los niños también sufren graves consecuencias, como verse obligados a dejar de estudiar para colaborar con el mantenimiento de su familia. Las minas terrestres y otros restos explosivos de guerra también constituyen peligrosos obstáculos para el desarrollo normal de la vida de las comunidades.

La presencia de esa munición sin estallar en las tierras de cultivo atenta contra el bienestar y los medios de vida de las familias campesinas. Para agosto de 2008, 10 años después de que entrara en vigencia el Tratado sobre la prohibición de las minas terrestres, se calculaba que esos artefactos aún representaban una mortífera amenaza en más de 70 países. Más de 25 estados sufren también la amenaza latente de las bombas de dispersión y la munición sin estallar.

La eliminación de las minas terrestres y los restos explosivos de guerra, así como el aumento de la capacidad de los países para satisfacer las necesidades de las víctimas y ayudarles a reintegrarse en la sociedad, son condiciones imprescindibles para que los niños y niñas de los países afectados puedan disfrutar de un desarrollo pleno.

Publicado en el diario El Mundo
Foto: EFE

miércoles, 10 de diciembre de 2008

'Vidas minadas'

DISCURSO PRONUNCIADO POR GERVASIO SÁNCHEZ (PERIODISTA Y FOTÓGRAFO) DURANTE LA ENTREGA DE LOS PREMIOS ORTEGA Y GASSET EL PASADO 7 DE MAYO. EN EL ACTO ESTABAN PRESENTES LA VICEPRESIDENTA DEL GOBIERNO, VARIOS MINISTROS, EX MINISTROS DEL PARTIDO POPULAR, LA PRESIDENTA DE LA COMUNIDAD DE MADRID, EL ALCALDE DE MADRID, EL PRESIDENTE DEL SENADO Y CENTENARES DE PERSONAS.

Estimados miembros del jurado, señoras y señores:

Es para mí un gran honor recibir el Premio Ortega y Gasset de Fotografía convocado por El País, diario donde publiqué mis fotos iniciáticas de América Latina en la década de los ochenta y mis mejores trabajos realizados en diferentes conflictos del mundo durante la década de los noventa, muy especialmente las fotografías que tomé durante el cerco de Sarajevo.

Quiero dar las gracias a los responsables de El Heraldo de Aragón, del Magazine de La Vanguardia y la Cadena Ser por respetar siempre mi trabajo como periodista y permitir que los protagonistas de mis historias, tantas veces seres humanos extraviados en los desaguaderos de la historia, tengan un espacio donde llorar y gritar.

No quiero olvidar a las organizaciones humanitarias Intermon Oxfam, Manos Unidas y Médicos Sin Fronteras, la compañía DKV SEGUROS y a mi editor Leopoldo Blume por apoyarme sin fisuras en los últimos doce años y permitir que el proyecto Vidas minadas al que pertenece la fotografía premiada tenga vida propia y un largo recorrido que puede durar décadas.

Señoras y señores, aunque sólo tengo un hijo natural, Diego Sánchez, puedo decir que como Martín Luther King, el gran soñador afroamericano asesinado hace 40 años, también tengo otros cuatro hijos víctimas de las minas antipersonas: la mozambiqueña Sofía Elface Fumo, a la que ustedes han conocido junto a su hija Alia en la imagen premiada, que concentra todo el dolor de las víctimas, pero también la belleza de la vida y, sobre todo, la incansable lucha por la supervivencia y la dignidad de las víctimas, el camboyano Sokheurm Man, el bosnio Adis Smajic y la pequeña colombiana Mónica Paola Ojeda, que se quedó ciega tras ser víctima de una explosión a los ocho años.

Sí, son mis cuatro hijos adoptivos a los que he visto al borde de la muerte; he visto llorar, gritar de dolor, crecer, enamorarse, tener hijos,bllegar a la universidad.

Les aseguro que no hay nada más bello en el mundo que ver a una víctima de la guerra perseguir la felicidad.

Es verdad que la guerra funde nuestras mentes y nos roba los sueños, como se dice en la película Cuentos de la luna pálida de Kenji Mizoguchi.

Es verdad que las armas que circulan por los campos de batalla suelen fabricarse en países desarrollados como el nuestro, que fue un gran exportador de minas en el pasado y que hoy dedica muy poco esfuerzo a la ayuda a las víctimas de la minas y al desminado.

Es verdad que todos los gobiernos españoles desde el inicio de la transición encabezados por los presidentes Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luís Rodríguez Zapatero permitieron y permiten las ventas de armas españolas a países con conflictos internos o guerras abiertas.

Es verdad que en la anterior legislatura se ha duplicado la venta de armas españolas al mismo tiempo que el presidente incidía en su mensaje contra la guerra y que hoy fabriquemos cuatro tipos distintos de bombas de racimo cuyo comportamiento en el terreno es similar al de las minas antipersonas.

Es verdad que me siento escandalizado cada vez que me topo con armas españolas en los olvidados campos de batalla del tercer mundo y que me avergüenzo de mis representantes políticos.

Pero como Martín Luther King me quiero negar a creer que el banco de la Justicia está en quiebra, y como él, yo también tengo un sueño: que, por fin, un presidente de un gobierno español tenga las agallas suficientes para poner fin al silencioso mercadeo de armas que convierte a nuestro país, nos guste o no, en un exportador de la muerte.

Muchas gracias.