Y es que, como decía mi abuela, una gran madre, "hay madres y madres", pero todas tienen un denominador común: se desviven por sus hijos, sean buenos, malos o regulares. La mía, que para mi es la mejor de todas, me enseñó que hay que perseguir los sueños, aunque eso implique elegir una profesión cargada de obstáculos, mal remunerada y nada agradecida. Después de cambiar cientos de pañales, de lograr a duras penas que me tomara el desayuno, de desenmascarar mis miedos y de lidiar con mis caprichos, sonrió estoicamente cuando me fui de casa la primera vez. Aunque no estaba demasiado lejos, aquella separación fue para ella casi tan dura como cuando le cortaron el cordón umbilical. Con el tiempo, mis regresos se fueron espaciando, y en un momento dado puse tantos kilómetros de por medio que mis viajes a casa llegaban con cuentagotas. Aun así, ella siempre estuvo y está ahí, como el primer día. Con sus manías, sus temores y reproches.
Ya no cambia dodotis ni me acurruca a su lado las noches insomnes; tampoco me obliga a comerme el pescado (ya lo hago yo solo); ni siquiera me recuerda la hora a la que tengo que volver de madrugada. Siempre está a mi disposición, las 24 horas del día, 365 días al año. No coge domingos ni festivos, tampoco vacaciones. Es madre por devoción y convicción. Debería cobrar un buen sueldo, aunque estoy convencido de que lo haría gratis. Y eso que aguantarme tanto tiempo sin rechistar tiene mucho mérito. Pero ella nunca se queja. Por eso, para el año próximo, yo propongo que el Día del Trabajo y el de la Madre se unifiquen, porque no hay trabajo más complejo que ser madre, ni mejor recompensa para ellas que saber que un hijo reconoce el trabajo bien hecho.

