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miércoles, 14 de octubre de 2015

Un mar de gotas



Por definición, el asilo humanitario es la práctica de ciertas naciones de aceptar en su suelo a inmigrantes que se han visto obligados a abandonar su país de origen debido al peligro que corrían por causas raciales, religiosas, guerras civiles, catástrofes naturales, etc. Es precisamente en esa definición donde radica la clave de un problema que, después de años de omisión por los gobiernos y los medios de comunicación, se ha situado en el epicentro del debate. Esa “obligación” de abandonar el país donde uno ha nacido, es el dolor y la fuerza que está empujando a miles de personas a derribar los muros que pretenden construir muchos estados del Viejo Continente. 
Porque, aunque a algunos dignatarios les pese y les resulte incómodo, los refugiados se ven forzados a huir porque no disponen de la suficiente protección por parte del gobierno de su propio país, que los ignora. Aun así, y aunque ahora son muchos los que han tendido la mano y se han vanagloriado de su propia aquiescencia, las legislaciones y jurisprudencias nacionales difieren ampliamente en el alcance del derecho de asilo. No en vano, en un país como España se deniegan casi el doble de peticiones de las que se conceden y menos del 1% de las demandas de asilo que se presentan en Europa se formalizan en nuestro país. Una situación que los expertos en la materia consideran poco menos que “vergonzante”, máxime si tenemos en cuenta que durante años fuimos uno de los países del que más emigrantes partieron, muchos de ellos exiliados y represaliados por el régimen que gobernó aquí durante cuatro décadas. 
Menos mal que, también a pesar de lo que desearían muchos políticos de medio pelo, los acuerdos internacionales de los que forma parte cada estado siempre prevalecen sobre el derecho interno, y esto, en todos los casos. Ello no impide, no obstante, que ciertos países supuestamente “desarrollados” establezcan cuotas de refugio y asilo, generalmente solo en los casos demostrados de afectados por un conflicto armado. Sea como fuere, esas “pequeñas goteras” del sistema, como dijo nuestro inefable ministro Fernández Díaz para explicar el problema, amenazan con inundar Europa, que todavía hoy no ha ofrecido una respuesta acorde con la historia que honra al continente. Porque el agua, como el resto de fenómenos de la naturaleza, son incontrolables y escapan a la lógica que presuponen unos cuantos sujetos allá por Bruselas o Estrasburgo. Y ese torrente desbordado, víctima de la sinrazón, no encontrará dique ni presa que lo frene, ya que su caudal se ha ido formando lentamente, gota a gota, llenándose hasta rebosar y convertirse en un terrible tsunami humano.

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